Un viaje literario a través de los milenios, donde Pablo León nos invita a descubrir si lo que nos hace humanos —el alma, el miedo y el amor— podrá sobrevivir a la era de la clonación y la conciencia artificial.
HoyLunes – Esta lectura forma parte de la serie «Leo por ti», donde en ‘HoyLunes’ leemos, sin consignas y sin expectativas, con la única intención de que los libros sigan generando conversación más allá de sus autores.
«Leer, aquí, no es juzgar ni recomendar: es quedarse a escuchar lo que una historia todavía tiene que decir cuando el ruido del presente se apaga».
Hay libros que no se leen como una línea recta, sino como un eco que rebota entre los siglos. ‘El Horizonte Infinito’, de Pablo León, es precisamente eso: una cartografía emocional que comienza con el crujir de la nieve bajo los pies de una familia del Paleolítico y termina con el zumbido tecnológico de un Sídney irreconocible en el siglo XXX.

A través de sus páginas, no solo recorremos el tiempo; habitamos el dilema. La narrativa nos transporta desde la lucha primaria por la supervivencia hasta un futuro cercano, en 2095, donde el sueño de una tierra unificada late bajo las cicatrices de la devastación. Pero es en la piel de Lucy y Tony, dos adolescentes del tercer milenio, donde la novela encuentra su pulso más humano. Entre droides, procesos de clonación y una realidad hiper-tecnológica, ambos se ven obligados a desenterrar secretos que la humanidad creía haber dejado atrás.

Pablo León logra algo difícil en la ciencia ficción: no se pierde en los artilugios del futuro, sino que los usa como espejos para preguntarnos quiénes somos. ¿Es el alma un subproducto de la biología o algo que persiste incluso cuando el cuerpo es reemplazado? ¿Es la conciencia compartida nuestra salvación o el fin de nuestra individualidad?
Esta obra es un puente tendido sobre el abismo del tiempo. Nos recuerda que, aunque cambien las herramientas —de la lanza de sílex al circuito de silicio—, el horizonte de la especie sigue siendo el mismo: una búsqueda incesante de sentido en mitad de la inmensidad.

Al cerrar este libro, uno comprende que el «infinito» no es una medida de espacio o tiempo, sino la capacidad humana de seguir preguntando «¿por qué?» a pesar del frío, de la guerra o de la obsolescencia. Quizás sobrevivir como especie no dependa de nuestra tecnología, sino de nuestra habilidad para no olvidar cómo se siente el calor de una historia contada frente a una hoguera, ya sea de leña o de plasma.
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